martes, agosto 30, 2005

De nuevo qué... De nuevo todo y sin pasiones o con alguna, por ejemplo... por ejemplo, volver de nuevo.
Tres semanas no dan para nada, ni tan siquiera para escribir un buen verso, sin modernismos decimonónicos ni vallejismos trilcianos. Nada. Pero esto se esperaba. Rilke separado del mundo. o no, de su mujer y de su descendencia no escribió nada durante "tánto". El propio Robert Walser, quien se hecho a andar y llegó a una casa con ventanas y supongo que reposo, decía de Kleist que tenía en su interior, en 1801, "tánto" que no necesitaba del mundo exterior para elaborar lo que fue su obra en París. Sentirse lleno o descubrir no "sentimientos" sino metáforas puras como las de Rilke en su poema La Pantera.
Leer. Sólo leer, y nada más. Mono de leer, de grandes de pequeñas, de breves intensas frágiles eróticas festivas lecturas, nada más y tener-en-acción-aquello-que-podría-cambiar-tu-vida-para-siempre. Columpio este de guiones, vaivén que da cierto reparo, pies suspendidos, arena o hierba apenas visible y un salto que de nuevo nos deja sobre la tierra. Nada, salto y aquí estoy.
Antes jugué como un niño y ahora camino como un hombre buscando de nuevo... pero tal vez... en aquel vaivén se haya cambiado un poco mi tiempo...
No sé...

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martes, agosto 02, 2005

LOS TRABAJADORES DE AGOSTO Y LOS SOMBREROS EXTRAÑOS
El autobús no está lleno. Al autobús le faltan personas que ahora descansan sobre la arena de la playa o pateando un monte repletito de jara. Al autobús le faltas tú pero estoy yo y contemplo las caras de sueño, de pesadez de ojos rojos porque a alguien se le ha ocurrido salir por la noche a la terraza con el fresco de esta noche en Madrid -más fresco haría en la isla de Madeira-. ¿Pero a qué se deben esos ojos rojos, ese bostezo que descuarijinga a lo Sansón esa quijada llena de piezas dentales?...
El autobusero es un hombre de grandes ojos azules que cuenta a su compañero sus tribulaciones en la empresa privada, las horas que echaban -¿16 ha dicho?- porque este país empieza a ser también el país de las oportunidades...
El sombrero blanco de uno de los usuarios nos delata a todos: estamos rodeados de verano, nos hayamos en un agosto donde apenas queda nadie y si queda -¿el qué?- queda un sombrero blanco, un largo bostezo, el aire fresco de por las mañanas... el mismo aire fresco que permanece y se despereza al día siguiente... "¿sabes? anoche cayó un tormentón que nos empapó con unas gotas gordas de lluvia la camisa"... y esto, sin duda alguna, al ser dicho de tal manera, con el juego musical entre palabras, el silencio entre cada una de ellas, nos hace más griegos...

(y cómo olía, y la luz reposada del final, la suave brisa fresca que quedó... cómo todo pareció detenerse, relajarse tremendamente como si hubiera dejado de ser Madrid para ser un lugar reposado de provincias...)

...porque el final definieron la sonoridad, la cadencia de las frases, la musicalidad de todo aquello que se dice, con su cultura, con sus intentos por conquistar más allá de sus tierras resecas, sus olivos, más allá de su propio Mediterráneo, porque hemos de expandirnos y ganar, sí, conquistar como cualquier Imperio, cualquier forma de existencia que establece que más allá de la familia existe el Estado... pero esto que pienso en el autobús -salto de un lado a otro como saltan los amortiguadores del bus al contacto con las bandas para aminorar la marcha de los vehículos- lo salto, lo pienso, perdón, a saltos...
Y el sueño me deja ir y venir mentalmente, este fluido de conciencia, hilando el jersey de Ulises con hilos de cada lado de mi cabeza que fluyen ahora mientras dormito en el autobús. La larga y hermosa capa de Ulises que tejía Penélope, ante los miles de pretendientes de su tierra, de su familia, de su hijo Telémaco, de su casa y de su hacienda, de su porquero Eumeo -único que le reconoció tras años de ausencia, tras su máscara de pedigüeño, de vagabundo- de todo aquello que es Ulises, quien supo engañar y acabar con todos los que ensuciaban su vida para siempre. Y todo es ambición, deseo de lo que no es de uno aunque así pudiera parecer y se intente justificar de mil maneras... La aún más desgraciada Penélope teje y desteje por la noche, al albur de la más oscura noche donde ni siquiera su dios puede verla, el hilo de conciencia de todas las batallas, de todas las guerras, de todos los combates, de todas las muertes que se enfrentan a otras muertes en otras lejanas tierras por conseguir esa, otra, aquella tierra donde se guarda El Dorado, el Santo Graal, la Piedra Filosofal, El Santo Sepulcro... teje en su habitación el jergón que acogerá el cuerpo exánime de Ulises. El mismo mar que acabó con su vuelta le ofrecerá sepultura aunque no habrá una lápida que recoja su nombre, ni una frase que hable de su historia que es la muerte, su propia muerte y la de cada uno de los pretendientes... porque aún, dice la propia Penélope, Ulises no ha vuelto y el propio Homero, pretendiente también, quiso también engañarla con un final que la conquistara para sí y para siempre.
Las puertas se abren. Atrás queda el sombrero blanco extranjero. Atrás el lector de la Odisea que son todos los lectores. Atrás cada uno de los hilos de pensamiento que Penélope seguirá engarzando en cada una de las mentes de cada uno de nosotros para siempre.

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lunes, agosto 01, 2005

He venido en autobús leyendo un relato de Álvaro Pombo que tiene cara de mayordomo de los buenos pero con posibilidad en su mirada de albergar ciertas psicopatías al albur de un estallido emocional grave... (pero qué está diciendo el majarote este...) aparte de que es un escritor que da sentido a la literatura kafkiana por su empeño, tal vez sean imaginaciones mías, de leer los diarios del susodicho.
Ahora son las seis de la tarde. Trabajo en un sótano, no hay tragaluz por donde vea pasar sombras como Platón las vio, como sintió Ferrer-Vidal y ese cuento publicado en Cuadernos del Matemático hace ya unos números, o como el propio Buero Vallejo en la tan leída obra de teatro del mismo nombre. Los tragaluces son necesarios... Pessoa imaginaba uno o eso pienso en El Libro del Desasosiego. Los tragaluces son ahora las televisiones de aquellos que se desloman en las grandes urbes, les pagan mal y vienen de muy lejos para ganarse la vida que la muerte llega sola. Escribo para crear mi propio tragaluz, simplemente.

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La revista Noctívagos apareció en papel hace ya más de ocho años y desde entonces hemos seguido rascándonos la barriga... mientras unos enfollonaban (del vbo. enfollonar) otros, más tranquilitos, conducían coches llenos de cilindros o se casaban o dejaban de irse de putas o escribían algunos versos buenos o se dedicaban al noble arte del funcionariado con clases de español para extranjeros. El tiempo pasa, los años pasan y el vecino se queda. Por ello, y sin que sirva de precedente y como excusa para seguir "loco por incordiar" como diría Rosendo ya, también años ha, nos ponemos manos a la obra y comenzamos con esto... hasta que aguante la voluntad, Internés, y sigamos viendo películas como The Terror de Roger Corman. ¡Basta ya de puntos suspensivos...!

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