¿Y si plagiara a un autor que está por venir? ¿Y si así fuera?
Porque mucho hablar de los viajes en el tiempo pero todos sabemos que si tú plagiares a Raleigh Carsen se te caería la cara de verguenza. Lo mismo es plagiar a Raleigh Carsen que a Cervantes y su Don Quijote, a Homero, o al gran Kadok Svensson, por supuesto. Pero, evidentemente, hay gente que no tiene ningún escrúpulo, que no posee ni la más mínima consideración... aunque bien sabemos que en estos tiempos que esprintan la moral, la ética -no, no es un libro de Aristótekes- son particularidades, no generalidades, como si dos se batieran en duelo como hace un milenio... Desde hace doscientos años hemos conseguido viajar en el espacio a través de los agujeros de gusano, doblegar el paso del tiempo y viajar a través de él, conseguir fuentes de energía inagotable, extraer coltan de las minas de Júpiter, comprender el gran misterio de la luz gracias a aquel insigne poeta que ya comenzó a desvelarlo con gran intuición, sentarnos pacientemente a disfrutar de la eternidad habiendo escaneado convenientemente nuestro cerebro y conectarlo al Oeachat o construir un gran parque de atracciones con los siglos pasados, visitar a nuestros tatarabuelos, conocerles y, por tanto, conocernos a nosotros mismos. Pero lo que no se debe permitir, bajo ningún concepto, es aparecer allí y saltarse la más elemental norma del Espacio-Tiempo: que el bisnieto escriba las obras del bisabuelo y hundirle al segundo, siendo el primero, en la más absoluta miseria. Su castigo hallará, y su castigo sólo es uno: no nacer, aunque bien ha dicho, y esto no ha sorprendido en absoluto, que no le importa, que él es libre en su no-vida y que lo más le apetecería hacer es contemplar a su bisabuelo tirado en el arroyo por como se comportó con su descendencia, y máxime con su mujer a la que asesinó, en fin, un ajuste de cuentas que viene tarde. Poner la técnica, el desarrollo, en manos de elementales y gilipollas es todo un riesgo... y los riesgos se pagan, como ya dijo aquel economista del siglo xxi cuyo nombre no recuerdo.
Porque mucho hablar de los viajes en el tiempo pero todos sabemos que si tú plagiares a Raleigh Carsen se te caería la cara de verguenza. Lo mismo es plagiar a Raleigh Carsen que a Cervantes y su Don Quijote, a Homero, o al gran Kadok Svensson, por supuesto. Pero, evidentemente, hay gente que no tiene ningún escrúpulo, que no posee ni la más mínima consideración... aunque bien sabemos que en estos tiempos que esprintan la moral, la ética -no, no es un libro de Aristótekes- son particularidades, no generalidades, como si dos se batieran en duelo como hace un milenio... Desde hace doscientos años hemos conseguido viajar en el espacio a través de los agujeros de gusano, doblegar el paso del tiempo y viajar a través de él, conseguir fuentes de energía inagotable, extraer coltan de las minas de Júpiter, comprender el gran misterio de la luz gracias a aquel insigne poeta que ya comenzó a desvelarlo con gran intuición, sentarnos pacientemente a disfrutar de la eternidad habiendo escaneado convenientemente nuestro cerebro y conectarlo al Oeachat o construir un gran parque de atracciones con los siglos pasados, visitar a nuestros tatarabuelos, conocerles y, por tanto, conocernos a nosotros mismos. Pero lo que no se debe permitir, bajo ningún concepto, es aparecer allí y saltarse la más elemental norma del Espacio-Tiempo: que el bisnieto escriba las obras del bisabuelo y hundirle al segundo, siendo el primero, en la más absoluta miseria. Su castigo hallará, y su castigo sólo es uno: no nacer, aunque bien ha dicho, y esto no ha sorprendido en absoluto, que no le importa, que él es libre en su no-vida y que lo más le apetecería hacer es contemplar a su bisabuelo tirado en el arroyo por como se comportó con su descendencia, y máxime con su mujer a la que asesinó, en fin, un ajuste de cuentas que viene tarde. Poner la técnica, el desarrollo, en manos de elementales y gilipollas es todo un riesgo... y los riesgos se pagan, como ya dijo aquel economista del siglo xxi cuyo nombre no recuerdo.
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