jueves, junio 29, 2006


Muy lentamente todo fue inundándose. Primero fue con un agua sucia que arrastraba maleza y tierra, luego con el agua que iba deshelándose de los glaciares que se iban formando a una velocidad imposible en el horizonte. La predicción había fallado. Se presumía una subida de las aguas de un metro, dos a lo sumo.

Nos trasladamos del bajo bosque. Emprendimos la marcha cuando recogimos el campamento: tiendas de campaña, botas de montaña, todo tipo de artilugios... todo aquello desaparecería. Al cabo de unas horas encontramos más arriba una carretera asfaltada y una casa de cuatro plantas. Un edificio blanco, con grandes ventanas, muy parecido a los que hay a lo largo de las carreteras en Galicia. Un reguero de casas unidas tan solo por una lengua de asfalto y alquitrán en medio del vergel. Allí nos quedamos. Metimos todo lo que llevábamos y ocupé junto con otras personas, una de las habitaciones que daba a lo que pronto iba a desaparecer bajo las aguas. Todo fue muy extraño. Al intentar recuperar mis lentillas del bote en donde las guardaba comprobé que una de ellas estaba rota. La otra, en cambio, se había calcificado, como si se hubiera convertido en un mejillón. De ella pude desprender varias láminas. Estaba en esta tarea cuando alguien dijo que el tipo de la predicción se había equivocado totalmente. Vi cómo, a través de la ventana, se acercaban unas olas oscurísimas, que llevaban en su panza todo tipo de ramas y que lo inundaban todo, es decir, el camino por el que habíamos llegado. Vinieron más olas y estas se fueron transformando. Cada vez se volvían más azules, y más imponentes. Subía el nivel. No podíamos salir de allí, escapar. En el horizonte, cuando ya el agua llegaba hasta el segundo piso, vimos como se formaba un glaciar gigantesco que al instante se deshelaba. No sé el porqué, pero era el único que llegaba a ver esto... tal vez al tener tanto empeño en poder ver con mis lentillas, me había colocado finalmente aquella lentilla con forma de mejillón.

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miércoles, junio 14, 2006


Automóviles de carreras a ambos lados del puente. Aún lado: el No-jaja. En el otro: el Si-jiji.
En el medio, un huevo blanco.
Los autos no están pilotados aún, pero lo estarán.
Mírate a los ojos en el reflejo de la pantalla del ordenador, y si no tienes reflejo, acércate a una ventana o, mejor, a un espejo.
Y piensa en la primera vez que te miraste a un espejo. Piensa.
Toma un huevo blanco o un trozo de sábana blanca entre tus manos e intenta recordar cuándo fue la primera vez que viste el rostro de tu madre. Piensa.

¿Amanece o atardece?

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sábado, junio 10, 2006



En mitad de ninguna parte, en el lugar en el que se sabe a ciencia cierta que te has perdido, en la parte del mundo a la que nadie, ni por casualidad coloca el dedo y mucho menos exclama “ahí quiero llegar”, al espacio que solo se conoce por la mano del sueño, existe el árbol más extraño de toda la tierra.
Digamos que se encuentra sobre una extensión de terreno más o menos llano delimitado por un pequeño río, si no arroyo; al norte un breve alineamiento de montículos que se disponen cercanos, a escasos cincuenta metros de distancia, y al este y al oeste, se encuentra libre de obstáculos naturales.
El árbol no es extraño por su constitución natural: porque albergue un frondosa y bella copa, o sea el fruto que proporciona lo maravilloso o la flor que se encuentra entre sus hojas, o la disposición de sus ramas o de sus raíces que sobresalgan de cualquier manera que motive a la atención. No, todo lo contrario. O por el color de su tronco o de sus hojas, o por la manera en la que tienen de batirse con el viento, o si tienen estas propiedades medicinales. Nada, nada... no. ¿Su particular crecimiento, su enervante necesidad de llegar a un cielo que por lo general se encuentra plúmbeo, cargado siempre de nubes amenazadoras, cargadas de electricidad y agua pronta a descargar? Sí, sin duda. Hay que verlo para creerlo, y aunque suene a tópico, es necesario comprobar que si este es el árbol más extraño de la tierra no lo es, digamos, por sus características genéticas, por su familia, sino porque siendo de una especie habitual, sus dos únicas ramas se han volcado en el cielo como dos chorros que caen entrelazados hacia arriba, y disculpen la contradicción, dos troncos secos casi pelados, oscuros y escamados en parte, que suben y suben.
Con cierto temor los observo pues alcanzan la altura del vértigo y, por otra parte, ¡sería tan fácil escalar por la continua disposición para la subida!

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jueves, junio 08, 2006


Él iba inclinado sobre el camino, casi arrastrándose, soportando el peso de su cuerpo en la muñeca, la mano... los dedos clavados en la arena fría e hiriente. Sentía tan solo que debía llegar. En aquel recodo del camino, un camino tan desnivelado preñado de montículos desiguales y alargados, tal vez túmulos, le alcanzaron dos que intentaban manejarse sobre un móvil que sólo tenía una pequeña rueda delante y otra detrás. Le convencieron para que fuera con ellos. La pendiente a partir de ese momento era muy acusada, y debía manejarlo con sumo cuidado. Él se puso detrás. Consiguió que le levantaran y con el peso de su cuerpo fue guiando el móvil que aumentaba su velocidad casi exponencialmente. Al final, sabían los tres que se iban a matar. "¡Frena, frena con lo que sea!" -les gritó. Por suerte, frenaron antes de estamparse contra el muro. Llegaron a la ciudad.

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lunes, junio 05, 2006

Nuestro yo.
Nuestro Gran Yo.
El Yo del blogger es inmenso. Terrible y grande. Todo lo acaba, todo lo devor, se lo come y lo caga para volvérselo a comer. ¿Imágenes?, sí, algunas.

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