Segunda prosa para funcionariosAl entrar en el despacho se encienden automáticamente las luces. Con lentitud desaparecen sombras y surgen los objetos. En el centro, una gran mesa de nogal que ocupa la casi totalidad del espacio de 15 metros de largo por unos cinco de ancho. A ambos lados de la imponente mesa, sillas de diseño funcional se reparten con obsesiva y milimétrica disposición, apenas separadas unos centímetros de la mesa y menos de medio metro entre una y otra. Aunque sobriamente cómodas, no tienen la intención de envolver a los que se van a sentar en ellas.
Llegan los participantes a la reunión. Llevan trajes de perfecto entallado, diseñados para acoger los cuerpos que los visten, con un ligero brillo al contacto de la luz no muy intensa. Dejan sus maletines negros en el suelo y extraen de los mismos un fajo de hojas amarillentas. A continuación, extraen de sus maletines objetos tales como gafas, gafas diminutas que tal vez adornen solo sus rostros afilados, sus narices puntiagudas y sus perfiles; plumas y útiles de escritorio de toda clase y condición, incluso aparece un lápiz con un muñequito en la parte superior; paquetes de chicles; un par de barras de labios; alguna fotografía; un ipod; etcétera.
El fondo lo ocupa un sujeto, el último en llegar, que no porta ningún maletín, ni tampoco viste traje, más bien parece un payaso, es decir, lleva una camisa floreada, bermudas, y cuelga sobre su pecho unas gafas enormes de sol que penden de una cinta con el anagrama de una conocida casa comercial. Su aspecto es desaseado: barba de un par de semanas, pelo largo y canoso y enmarañado en una especie de coleta deforme, uñas sin manicura y en su muñeca una pulserita diminuta de hilo de colores. Parece mentira que se encuentre aquí, rodeado de perfectos directivos de empresa. Aquel hombre extrae de uno de los bolsillos de las bermudas un cigarrillo, se lo enciende y al instante surge de una puerta lateral -existen dos a ambos lados- una bella señorita, guapísima, es cierto, de pelo esplendente, brillante y puro, y una perfecta falda por la que asoman sus rodillas -porque tiene dos-. Su escote aun siendo pronunciado no muestra nada más allá que lo que muestra, es decir, el perfil de lo que comienza a ser sus dos perfectas, torneadas, redondeadas, y por qué no decirlo, perfectas tetas. En su mano izquierda lleva un enorme cenicero de cristal con bellos remates translúcidos. Se lo deposita cuidadosamente en la mesa y al tocar el cenicero la mesa de nogal, aquel personaje informal comienza a hablar.
-Bien, buenos días a todos y a todas las presentes... estimados amigos... voy ir al grano...ya saben cuál es el porqué de esta convocatoria o reunión. Nos encontramos en un momento extremadamente peligroso para el conveniente fluir de las potencias que nos gobiernan. Se ha producido, como saben, un importante desarreglo en la habitual y correcta recepción de todo aquello que se crea para mantener contento a la población universal. Hemos ido convenientemente descubriendo e inventando nuevas formas de expresión y de comunicación entre los seres humanos... ya en el siglo xx se perfeccionó el teléfono, llegó la televisión e Internet, la red de redes, que llamaron... pero, no, no hemos sabido o comprendido las intenciones de los, si me permiten la expresión, de los auténticos “outsiders”, de los que se encuentran fuera de todo este bien tramado sistema para controlar y someter el pensamiento, para uniformizarlo, darle la auténtica pátina de la que todo ser humano ha de estar cubierto. Nuestra información es la verdad y la única verdad. No pueden existir elementos que perturben este mensaje. Nos hemos dedicado en cuerpo y alma a esta tarea durante todo el siglo xx y el siglo xxi para que unos cuantos con sus apolillados libros, sus periódicos -flores de un día-, con sus revistas carcomidas, grisáceas de tiempo y de memoria, que no han sido convenientemente deglutidos y transformados por nuestros bien pagados escribas, desmonten un proceso diseñado al milímetro. ¡Hemos creado una vasta, casi inabarcable red de publicaciones que ha transformado paulatinamente la verdad de aquellos auténticos escritores, observadores objetivos de su tiempo, para que esto ocurra, ¡nos ocurra ahora! ¡Hemos acabado con las publicaciones, con las radios y televisiones, con páginas web, con todo aquello que pudiera suponer una contrariedad para nuestro calculado propósito, para que, vuelvo a repetir, ocurra esto hora! ¡ES ABSOLUTAMENTE INADMISIBLE!
El hombre de camisa floreada y bermudas apagó su cigarrillo en el cenicero. Con calma se irguió de nuevo pues se había mantenido todo este tiempo de pie, guardando una escrupulosa verticalidad solo interrumpida por la alteración, mínima, de su rostro. Acto seguido volvió a mirar a su público. Su cara entonces se hizo cada vez más lúgubre, más impenetrable, más cetrina, si cabe. La luz se fue consumiendo a su alrededor.
Por tanto, les propongo acabar con estos elementos usurpadores de la bien construida verdad por el bien del espíritu humano, por bien de su felicidad, por el bien de sus familias y el bienestar, de todo aquello que les rodea y que nos rodea... la libertad que se pretende nos traería el horror... hay que destruir todo lo que poseen y a ellos mismos. Nada ha de salvarlos puesto que nada nos salvará si consiguen divulgar la verdad.
El hombre giró sobre sus talones y salió de la habitación. Se hizo un silencio impenetrable roto al final por el recoger de las manos de aquellos que habían de ser, a partir de ese momento, la salvaguarda de la humanidad.