martes, noviembre 04, 2014

El código

Camilo se ha hecho una camiseta donde ha estampado por delante un código BIDI. A Camilo se le ha visto vistiendo dicha camiseta a altas horas de la madrugada. La lleva como muy cool. No es extraño que algún jovencito o jovencita se le quede mirando, se acerque a él, le pregunte y él responda con una sonrisa de franqueza, de buen rollo, de saber estar, de absoluta confianza que esplende su rostro.
Quien pregunta se sorprende y saca su móvil al instante, y lo enfoca directamente al pecho de Camilo y vuelve a sonreír. Algunos al instante se separan de él para que siga a su rollo, o dé un par de vueltas a la pista, o pida otra cerveza en la barra. El funky sigue sonando y Camilo no pierde el ritmo, como tampoco la gente de allí que de vez en cuando echa un ojo al tipo ése que baila solo en mitad de la pista, sin ganas de hablar (o eso parece) echando los restos cuando la cosa se acelera. La diversión está asegurada. Los muchachos y las muchachas se sientan en los butacones que hay alrededor de la pista, todo muy Moloko Vellocet. Muy blanco. Muy marmóreo. Muy de tumba del pensamiento y se disponen a contemplar lo que aquel código les ofrece y es ahí donde comienza la magia de la imaginación, o el fracaso mejor, o el espejo en su espejismo, o la mirada que nos devuelve la mirada.
Camilo sigue bailando ajeno a todo aquello pues les ha ofrecido una droga mucho más pura y más dañina de la que nadie antes les había ofrecido. Les ofrece el conocimiento tal y como él lo ha visto: el más absoluto vacío, el sentido estricto de la vida que no es otro que un enorme castillo de cuerpos apilados en busca de una idea absurda de supervivencia en la desaparición eterna. O, si se me permite, algo parecido. Surge una brevísima chispa, un resquicio de luz en mitad de la negrura, una sombra y la nada. Sea el castigo más doloroso el castigo de la posesión de la inteligencia y sea ésta la única recompensa a todas las preguntas: saberse en el interior de un espacio-tiempo. Cuanto más sabemos, más y más pequeños nos hacemos y el sonido silencioso de la nada se hace más cercano y más cercano.
Camilo recuerda entonces aquella escena de aquella película de Gonzalo Suárez, Remando al viento, en la que aparecen Lord Byron y P.B. Shelley en un velero en mitad de un lago bajo una tormenta considerable. Shelley, agazapado en un extremo de la embarcación, habla a gritos con Byron. Apenas se escuchan y Byron decide exponer su idea de la existencia con un pie sobre el borde de la proa. "¿Qué hay antes de la vida...? ¡Horror!...¿Qué hay en la vida...? ¡Horror!... ¿Qué hay después de la vida? ¡Horror!... ¡Horror, horror, horror!".
Y con esto se cierra el video de unos pocos minutos de Camilo.

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