Varias veces he vistado aquel pueblo con diferentes resultados.
La primera vez encontré a un amigo al que creía ya perdido en alguna cura de desintoxicación y en algún remoto lugar. Allí estaba, sentado y hablando, rodeado de gente muy parecida a él: sobria en el vestir y mostrando una gran confianza y una fe en sí mismos que esplendía en sus rostros con toda nitidez. Parecía no importarles nada de lo que sucedía a su alrededor: completamente despreocupados y lejanos de toda ansiedad o tensión.
Llegué hasta él tras una larga ascensión entre calles empedradas que me recordaban a la kasbah de Tánger o a un pueblecito del sur de España. No pude evitar girarme, en mi larga subida, al ver un vano que no se hallaba ocupado por un tapiz o una sencilla sábana. Contemplé, entonces, durante unos segundos, en el interior de aquella casa, el rostro de una mujer iluminado por un contraluz que había fijado su vista en algún punto que no alcancé a determinar. Parecía una estatua o se había convertido en una estatua. Seguí caminando y al llegar a la parte más alta del pueblo, o eso pensé yo, descubrí a cientos de personas reunidas allí, sentados formando un gran círculo, conversando animadamente, y entre ellos, bajo una túnica blanca e impoluta, a mi amigo, con una larga melena que refulgía al contacto del sol. Aquella fue la primera vez. Le pregunté dónde me encontraba y sólo esbozó una franca y cálida sonrisa. Se volvió de nuevo y siguió hablando con aquellos que le rodeaban.
En mi segundo viaje a este extraño pueblo descubrí que lo componía miles de calles extremadamente angostas, conectadas continuamente, es decir, con encrucijadas cada veinte o treinta pasos, con subidas y bajadas muy pronunciadas. Esta vez me encontré, a cada paso con seres extraños, casi deformes, podríamos decir "frikis" -en el verdadero término freak de la película de los años 30-. En este caso me acompañaba en mi viaje mucha gente, un hilo de gente que no encontrábamos la salida y que, en ocasiones, desesperábamos por no saber encontrar la salida del pueblo, llegar a la carretera. En una ocasión llegamos a lo que parecía una muralla baja de piedra renegrida por el tiempo y desmigajada por el agua y el sol. Me asomé y comprobé que al otro lado se encontraba la carretera pero el salto era imposible. Calculé unos 10 ó 15 metros hasta el suelo. "Es imposible" -les dije. Seguimos camino y volvimos a los angostos pasillos cerrados apenas por un techo que no llegaba alos dos metros. Al final de un leve descenso creí encontrar la salida. Una niña sin pelo y un hombre cojitranco y vestido con una largo y sucio traje gris se cruzaron con nosotros y nos ignoraron por completo. Al final de aquel pasillo se veía la carretera, la hierba, y una puerta de cristal y aluminio con un pequeña pitón o cierre que conseguí deslizar con facilidad. Cuando hube abierto la puerta apareció una mujer joven que nos dijo que no podíamos hacer eso, que aquella no era la salida y que volviéramos por donde habíamos venido. Mi desesperanza fue absoluta. parecía tan absolutamente convencida de aquello que nos convenció a todos y eso es lo que hizo que nos diéramos la vuelta y desandáramos el camino.
Tiempo después -juro que no sé cómo salí de allí- vi desde la carretera por la que volvía a casa la misma puerta de alumino y cristal cerrada con el mismo enganche. Al hombre cojitranco y a la niña sin pelo no les volví a ver, ni falta que hace.
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