"Cuando canta el gallo negro, se acaba el día (BIS)
si cantara el gallo rojo otro gallo cantaría".
Una noche soñé con un gallo negro que despellejaba con sus propias manos una mujerona de grandes carnes en una tienda de un extraño pueblo, pueblo que no tenía calles sino que se caminaba por las cornisas. Si bajabas la vista veías a la gente en sus casas, de amplios patios y con mucha poesía en sus maneras. Luego me fui a la playa y en la playa había unas ruinas y me senté en ellas y veía el mar gris que apenas se acercaba a mí mientras comía un bocadillo de mortadela. Luego alguien me dijo cualquier cosa y me fui con él. Llegué a una cabeza en la que habían unos pequeños cristalillos de cuarzo o de yeso. Años más tarde comprobé que el pelo de aquella cabeza eran rastas pues cuando soñé este sueño no había llegado la moda esta del pelo.
Más tarde, en el sueño, me di cuenta de que debía volver al psiquiátrico y que allí me esperaba mi dosis para evitar la tristeza. Aunque sé que es imposible porque en noche extrañas he soñado con la tristeza y se me ha agarrotado el estómago y el corazón, y el peso que tenía en la cabeza me hacía llorar.
Luego leí en una pared las últimas palabras de Van Gogh a su hermano Theo. Theo le escribió a su hermana esa frase. Habla de la tristeza.
El cuento se llama Hospital y desde entonces lo estoy escribiendo. Cada vez que me acuerdo de él, lo escribo.
Nada cada día, hoy sí.
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