Ayer estuve en el último adiós a Fernando Fernán-Gómez.
Me enteré por los periódicos digitales que su féretro estaba cubierto por una bandera anarco-sindicalista -y no anarquista, como muchos quieren que sea, pero no es así-.
Estuve rodeado de unas cien personas a las ocho y veinte de la tarde. Casi silencio, murmullos.
Antes me encontré con un colega que me explicó su impresión del lugar. Había estado cuando llegó Zapatero. La gente se puso en pie y rompió a aplaudir. La gente, en general. ¿Qué pensó Zapatero durante los veinte minutos que estuvo allí? Ni lo sé, por supuesto -sólo lo sabe él- ni me importa. Realmente no sé por qué me hago esta pregunta... Es un gesto que le honra, presentarse allí.
También son gestos que honran el que Gallardón vaya a poner al Centro Cultural de la Villa el nombre que había bajo una bandera libertaria; o también le honra a Esperanza Aguirre el que vaya a dedicar un instituto de bachillerato a un antisistema, como los denominan ellos, todos.
Debe ser un honor ahora que está muertito.
Sí. Yo también utilizo el nombre de Fernando para escribir esto sin que le haya conocido nunca. Pido perdón a aquellas personas que sí le hayan conocido de antemano.
Sienpre recordaré en aquella gala en la que, después de recibir un premio, un valioso premio levanto los brazos, junto las manos por sus dedos y realizó el saludo confederal. Después de aquello siempre recordaba a Fernando, al que nunca he conocido, de esa manera. Haciendo el saludo confederal, emocionado, mirando al frente, dedicándoselo a todo el mundo, abriendo su corazón, mostrando su idea, su verdad, una de sus más íntimas emociones.
Gracias también por tu anacoreta.
El 20 de enero de 2000, Fernán Gómez ingresó en la Real Academia de la Lengua, y dijo, en su discurso de entrada en la institución:
"Creo hallarme entre las personas dispuestas a defender su libertad no con la violencia y la sangre, sino con el pensamiento y la palabra".
Al salir de mi casa me dijeron:
-¡A los anarquistas no se les entierra, se siembran!
Viva la Confederación, viva el corazón libertario.
Para siempre y en mí, Fernando Fernán-Gómez.
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