Buenos días, majos.
Otra vez estoy aquí.
Comiéndome una lata de lentejas litoral y escuchando a Vainica Doble que nunca me han gustado -qué se le va a hacer-.
Ayer me hicieron algo, porque desde esta mañana -digo "mañana" por decir- tengo una plancha de acero que me atraviesa la cabeza y cualquier ruido hace que la misma plancha vibre. "Todo vibra", ya lo dicen los matemáticos y otros locos.
Pero ayer conocí a Fernando Millán, -y a una pintora Fritz Lang- un poeta muy joven de corazón, un hombre muy cercano y muy vivo, aparte de ser un grande en lo que hace. Realmente me quedé impresionado y no sólo por la sabiduría de Fernando sino porque horas antes estuve hablando con mi hermano al que conté que iba a una "performance" y él, muy gracioso, me estuvo contando lo que para él es una "performance". Me ahorro lo del jijijaja. Lo curioso, y a lo que voy, es que mi hermano es ornitólogo y la acción de Fernando iba sobre pájaros. Casualidades de la vida. Si se hubiera venido ya se habría enterado lo que es una "performance". El recital, la lectura corrió a cargo de Mónica Gabriel y Galán que nos invitó a viajar en tren. Nos tomó de la mano y con su palabra nos descubrió sus ojos, su mirada, sus sueños, su llegada por fin a la estación. Amén de lamer clítoris húmedos, que la verdad no vi ninguno y mucho menos su poesía se trataba de eso o tampoco vi ánimo de "cacaculopis", en fin.
Luego nos fuimos a embarrar los corazones a un bar que desaparece, es decir, el matrimonio se jubila después de 40 años en la calle Santa Isabel, enfrente del colegio de médicos. El bar desaparece con sus llaveros y sus cosilllas y sus tapas de gambas con bigote prusiano. Además, allí vendían los billetes para Toledo. Luego, qué paso. ¿Qué paso, wei? Que la cerveza había desaparecido de la L. A., que me encontré con una parejilla con sombrero. Que llegué a casa repasándome los pies.
1 comentario:
Tiene usted toda la razón del mundo. Y lo peor de todo es que se te mueran los amigos el último día del bar.
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