I
¡Fue el amor a mis ojos
dél quedaron enfermos!
Enfermos que no los limpia
ni la mañana clara
ni la noche fiera.
Enfermos que no los limpia
ni el pañuelo blanco
ni el pañuelo terso.
Enfermos... ¡quién no los tuviera
ni ciegos ni opacados!,
pues fueron mis ojos a tus ojos
en fuegos
y allí quedaron enfermos.
No dejan ni ver los míos
ni ver otros.
¡He sufrido tanto, mi dueña,
tanto he sufrido!,
durante tres semanas largas:
sus soles, sus andas, sus restos,
sus minutos largos, sus horas altas,
sus largos huesos.
No aparto de mí ni tus ojos, ni tu boca
ni tus manos claras.
¡He sufrido tanto, mi amor,
tanto!
Durante tres han sido en cárcel
que este pecho nombraba.
Pero en un suspiro acabó prisión, en un anhelo.
Tu mano amarró
mi barato corazón,
¿hasta cuándo regresará
el mío dolor?
II
No digas nada,
nada me digas.
Ocúltate en la sombría llama
en el río blanco
en el frío incendio
en el silencio abierto.
No digas nada,
nada digas,
ni respondas nada.
¡Corazón callado
que eleva su llama!
III
La mi lágrima perdida
entre tus dedos ardió,
y tu sonrisa insolente
la desertizó.
Con la sal que truxo
sin que te dieras cuenta
tu corazón removió.
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