Para N.
Así permanecí intranquilo –sí, me intimidaba la situación, tu presencia, disfrutar por fin a solas de tu compañía– hasta que me percaté de tus lágrimas. Te secabas los ojos emocionada mientras me contabas cómo acompañaste a aquel amigo una tarde en el hospital, sin saber que eran sus últimos días de vida, y de qué manera ofreciste también consuelo a su familia en el funeral con aquel texto que escribiste en su memoria. Comprobé entonces que eras una persona real.
Volvimos al ruido
por un camino ancho de arena y al sarao continuo de las hojas de los
árboles que parecían ordenar y sostener nuestros silencios.
Sí, así es, ¡fue la primera vez en años que alcance la paz más profunda que casi no la reconocí! El interior de mi cabeza y de mi pecho se habían lavado y los había tendido ante el sol radiante y favorito del sosiego.
Bebíamos y hablábamos en una terraza; mientras, la gente desaparecía a nuestro alrededor. El camarero nos había concedido cinco minutos. Todo parecía adecuarse a un ritmo tan lento que el tiempo pasaba de puntillas y, empujado por la brisa, no se detenía. Ahora se había convertido en un sonido iluminado por la estación de buses; ahora, en unos muchachos que manejaban una maleta; ahora, en unos camareros que proclamaban su vuelta a casa; ahora, en tu perfil que me acompañaba y que había apaciguado este tonto corazón como si se abasteciera por completo del efecto de una caricia a un caballo tras el trote de meses y meses en una carrera circular y sin sentido.
Parecía que nuestro paseo se ensimismara pero, de nuevo, aquel viejo de nombre Tiempo, impelido por la zozobra de las hojas de los árboles, pronunciaba cada uno de nuestros pasos que no nuestras palabras… “¿por qué no se detiene?”, me preguntaba yo.
Sí, así es, ¡fue la primera vez en años que alcance la paz más profunda que casi no la reconocí! El interior de mi cabeza y de mi pecho se habían lavado y los había tendido ante el sol radiante y favorito del sosiego.
Bebíamos y hablábamos en una terraza; mientras, la gente desaparecía a nuestro alrededor. El camarero nos había concedido cinco minutos. Todo parecía adecuarse a un ritmo tan lento que el tiempo pasaba de puntillas y, empujado por la brisa, no se detenía. Ahora se había convertido en un sonido iluminado por la estación de buses; ahora, en unos muchachos que manejaban una maleta; ahora, en unos camareros que proclamaban su vuelta a casa; ahora, en tu perfil que me acompañaba y que había apaciguado este tonto corazón como si se abasteciera por completo del efecto de una caricia a un caballo tras el trote de meses y meses en una carrera circular y sin sentido.
Parecía que nuestro paseo se ensimismara pero, de nuevo, aquel viejo de nombre Tiempo, impelido por la zozobra de las hojas de los árboles, pronunciaba cada uno de nuestros pasos que no nuestras palabras… “¿por qué no se detiene?”, me preguntaba yo.
Deseaba encontrarme cada vez más cerca de ti. Pensaba que así no volvería más la ansiedad, ese instante cabizbajo, minúsculo, que asoma guasón –de rostro sudoroso, manos nerviosas, respiración entrecortada que crea engranajes y mentiras, que apaga la sangre de lo bello y generoso…, ¡lo necesitaba tanto! Sí, tocar tu piel, aun un solo roce, nada más… ¡oh!, ¡se iría, se ahuyentaría por una vez, si aun fuera por un instante, la fatalidad de vivir!
No fue así. El Viejo Tiempo nos acompañó distante, y muy incómodo. El Tiempo, ese Viejo de ojos aparentemente afables, disimulaba y reconocía su pedacito fósil en nuestros pensamientos.
Después de que lo
ignorásemos aquella tarde, regresó al día siguiente con la
venganza amarga de la separación; claro que sí, y me ató las
manos, y me susurraba palabras y estallidos que se me entremetían en
el cerebro, que no me dejaban en paz, como espinitas de lumbre que no
iluminan sino que incendian y que me arrasan los ojos con sus
destellos.
Por ahora, no pienso en nada más que en hallar de nuevo el agua que me devuelva a ese río que fuiste tú, y del que me diste de beber, y me limpiaste.
Por ahora, no pienso en nada más que en hallar de nuevo el agua que me devuelva a ese río que fuiste tú, y del que me diste de beber, y me limpiaste.
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