Trabajo en una empresa que tiene la mala costumbre de presionar a sus curritos.
Trabajo en una multinacional y ya no hay solución.
Angustia, stress, ataques de pánico y bajas por depresión... y muchos nervios.
Engranajes, pequeños tornillos que hay que apretar, cumplir los plazos,
atender a la persona, llamarla por teléfono, entrevistarla,
necesitamos opiniones rápido, y cuanto más rápido mejor.
Carga de trabajo, ¿carreras por el pasillo? -grita el jefe de personal-
pondremos tartán, señalaramos la líneas blancas con precisión,
la pistola del juez apunta a nuestra dedilacada dedicación y al corazón
y una buena máquina de café al final para el dopaje...
cuidado no te caigas, no te tropieces con el riel,
no pierdas una zapatilla, que no te empujen, guarda la mínima distancia
y al ver meta, adelanta con precisión, métele los codos en el higado al tiempo,
aprieta los dientes, no huyas, ¡que te vas de vacaciones!... qué cabrón.
Encomiéndate a Chaplin o a Robocop
esto es lo que hay... desde los años 20 lo tragamos sin remisión.
Si este es el sistema, pensad un poco más.
Los débiles no soportan nuestro ritmo.
Producid más, ocio y cultura salvaje en fin de semana.
Os prometeremos los mejores medicamentos
y una casita en la playa a ver si la podéis pagar
pues abarataremos gastos y escalonadamente se os comunicará.
El mundo está hecho un asco pero aún huele bien.
Becarios, precarios, temporales, sindicatos que son empresas de contención.
En fin, me ha salido una canción.
Si esto se va a tomar por culo, ya tendremos razón
para decir que fueron los malos
y los malos ¿quiénes son?
Por supuesto ellos siempre...
-las babas no me dejan ver más allá
del puente de mis narices-, yo, no.
II
(De una canción de Lou Reed)
Mi jefe ha perdido la cabeza...
¡qué pena, le sentaba también!
III
Mientras yo duermo
ellos mueren tranquilamente
arropados por las piedras
arrojadas por un estado democrático
que combate por miedo a perder su libertad
que cifraron en los ojos de un monstruo
Eurípides buscó exilio en Macedonia
y Efialtes sigue asesinado
por la oligarquía de una Atenas
que pintarrajeaba de vivos colores
las estatuas que no sé qué imbécil
se empeñó en encalar.
Pericles... ¡te queda bien el casco!
Esparta empeñada en hacer la guerra
fue aún más poderosa que la que ahora es la capital de Grecia,
pero sólo ha perdurado no sé que enseñanza del guerrero.
Y yo aquí triste y cuitado
que no sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son
si no es por este blog
que me traigo a colación.
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