Aquí no viene nadie.
Apenas cruzan el claro,
se dirigen como sombras a continuar su camino.
(Ayer hicieron fiesta. Han dejado alfombrada la tierra de restos de globos y confetti que, como escupitajos de colores, se reparten anarquicamente confundiendo a las urracas.)
Tal vez, tal vez vuelva aquí otra vez.
Tal vez mi camino se dirija de nuevo aquí.
Me sentía bien cuando salía del instituto y corría,
vuelta tras vuelta,
hasta deshacer, por fin, mi angustia en el paseo
lindado de plátanos de sombra, alguna que otra acacia,
los chopos que aún persisten al principio del circuito.
Todos ellos deshacían mi amarga tristeza,
mi inmensa e intratable soledad de adolescente.
Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma.
Es hermoso este paseo, muy hermoso.
Las parejas llegan después de escalar la ligera rampa sostenida por troncos dispuestos verticalmente a modo de flanco que contienen lo que pudiera ser un escalón preñado de cemento...,
pero no sé porque vuelve esta inmensa desazón después de tanto tiempo.
Ya no sé qué es lo que me persigue y su porqué.
Tal vez sea una mala racha que se ha hecho orgánica en mi cerebro,
pues ya no puedo correr por entre los plátanos sin final, alguna que otra arizónica, los chopos que aún perduran y muestran sus troncos nervudos, verrugosos como el tiempo que atesoran.
