I
¡Fue el amor a mis ojos
dél quedaron enfermos!
Enfermos que no los limpia
ni la mañana clara
ni la noche fiera.
Enfermos que no los limpia
ni el pañuelo blanco
ni el pañuelo terso.
Enfermos, ¡quién no los tuviera
ni ciegos ni opacados!,
pues fueron mis ojos a tus ojos
y allí quedaron tocados
… ya no me dejan ver
ni los míos propios
ni los tuyos otros.
¡He sufrido tanto, mi dueña,
tanto he sufrido!,
durante sus días largos
y sus piedras blandas
y sus soles, y sus andas,
y sus minutos tardos y sus horas altas...
sus largos huesos.
No aparto de mí ni tus ojos, ni tu boca,
ni tus manos claras.
¡He sufrido tanto, mi amor,
tánto! Y segundos
que punzadas en cárcel
este pecho nombraba.
Pero en un suspiro acabó prisión, en un anhelo.
Tu mano amarró
mi barato corazón,
¿hasta cuándo regresará
el mío dolor?
II
No digas nada,
nada me digas.
Ocúltate en la sombría llama
en el río blanco
en el frío incendio
en el silencio abierto.
No digas nada,
nada digas,
ni respondas nada.
¡Mi corazón callado
eleva su llama!
III
La mi lágrima perdida
entre tus dedos ardió,
y tu sonrisa insolente
la desertizó.
Con la sal que truxo
sin que te dieras cuenta
tu corazón removió.
