jueves, noviembre 08, 2007

Fui yo quien maté a Raleigh Carsen

Los encargados de los nightclubs suelen ir a la moda pero a la moda del año pasado -decía Raleigh Carsen mientras sostenía un Camel sin boquilla entre los dedos.
Además, te diré una cosa...
Volvió su jeta hacia la mía, mientras pensaba que su última frase era una mierda.
...generalmente son gordos, extremadamente serios y pulcros y nunca te mirarán a la cara, quiero decir, a tu cara.
Qué tiene mi cara de extraño o de particular para que no quieran mirarme directamente... -le pregunté.
No les dices nada, porque nada les puedes decir. Quien habla en este caso es tu bolsillo, y tu bolsillo no habla sino que está cantando.
Y se echó a reír. Una risa socarrona, con la boca bien abierta. En su interior se veían sus muelas de oro, su clase diferente a la clase de los que dicen tener "glamour". Sí, era todo un tipo, un auténtico gilipollas.
Pero me quedé como un pasmarote, observándole. Sabía que estaba poniendo mi cara mas boba y más absurda pero me gustaba pensar que ante su fuerza, ante su naturalidad avasalladora, yo podía ser débil, un corderito, un auténtico bufón de feria, un pedazo de subnormal de tomo y lomo. Me regodeaba en mi propia ningunez. Sí, joder, sentía que me gustaba.
El tabernero nos puso unos chupitos. Dejó cinco vasos sobre la barra de madera y cuatro botellas. Tequilas, pacharán, y Johnnie Walker para mí. Raleigh se bebió de un trago el suyo y se fue al baño. El tabernero le pegó un trago y el colega de barra que tenía a mi lado se contrajo, se agarró el estómago y parecía que iba a echar la pota cuando volvió a subir la cabeza, sonriendo.
No serías el primero -le dijo el tabernero.
El colega de barra se despidió y cuando salía por la puerta el tipo que estaba más alejado de mí, y al que no conocía, echó una raba blancuzca al suelo, salpicándose los pantalones y la camisa. El tabernero se quedó mirándole, sin decir nada. Lo comprendí al instante. Cualquier otro tipo se hubiera descojonado vivo pero el tabernero y yo sabíamos que era el hombre más triste del mundo y merecía un respeto.
Raleigh volvió del baño y encontró al tipo arrodillado limpiando con servilletas su vómito. Se me quedó mirando y no supe qué decirle. Solo le miré, cogí la cerveza y la vacié de un trago.
Qué... ¿nos vamos? -le pregunté y salimos de allí, en busca de otro trago que encontramos en un baretucho con sofás carcomidos y suelo de baldosín.
Tío, me dijo, eres todo un personaje para encontrar antros. Mira que te he dicho que a mí me gusta la luz, un poquito de luz y me estás llevando a cada sitio de agarráte....
¿Sabes lo que te digo? -le contesté- que la luz es interior.
Joder, ¿ya estás pedo o qué? -me dijo levantándose para ir a por un par de cervezas.
Espera, coño, espera -le grité.
Se giró hacia mí y se quedó plantado mirándome.
Incluso en la más absoluta oscuridad, incluso en ese momento, podemos estar seguros de que la única luz que realmente vale, la única que para uno mismo tiene sentido, es la luz de la propia respiración.
Vete a la mierda -me contestó- estás colgao.
Entonces supe que en aquel momento acababa de matar a un personaje.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¿no hay más?