Los poetas tenemos hambre.
Un hambre de can que se experimenta al dedicarnos única y exclusivamente a la observación de los cerebros en marcha, en explosión, en acción continua y tecnológicamente insuperable.
Es difícil explicarlo, sobre todo cuando no hemos sido convocados ni a la masacre ni al vil reparto de migajas de unos cuantos.
Pero he aquí que lo hacemos, mal que nos pese. ¿Y qué hacemos? Soñamos. Soñamos y cada vez nos odiamos más unos a otros, unos contra otros, como quiere el dios de la escritura que a lo largo y ancho de la Historia ha sido representado con multitud de formas y con multitud de nombres, y que sirve únicamente al Placer y al Símbolo.
Los poetas llevamos sin comer desde hace siglos y, dudosamente, algunos videntes y genios lo recuerdan a modo de lanzazos en el vientre de la bien administrada modernidad, y señalan sus títulos, revueltas dirigidas y sus anchos y vastos salones para el Enclenque Pensamiento Universal.
Pero no os preocupéis ni toméis en cuenta esto que os digo porque no es nada más que un delirio por la falta de alimento.
El alimento básico, el alimento entero, vivificador, alegre, entusiasta y que comprende todas las edades y todos los estados del individuo nos devolverá, no solo a nosotros, los poetas, sino a la humanidad entera, la emoción, la calidad, el orgullo de pensarse y originarse de nuevo para no acuclillarse ante la monotonía del silencio, para no someterse a los que no creen más allá de su propio metal, o a los que han perdido la fe en sí mismos y sólo mantienen la esperanza en una representación de cualquiera de las representaciones con las que se han cubierto sudarios y horizontes.
Repito que es un delirio por la falta del alimento, un delirio que pudiera ser sabroso, un ejercicio de laboratorio, un perfecto pastel para determinadas industrias que con la fuerza de mil soles fabrican la cadena que someterá el mundo.
Yo os saludo desde aquí y al más bello trajín, por ser arte vuestro empeño en ser, por encima de todo y de todos, dioses sin poder llegar a ser nunca seres humanos. Y me saludo a mí mismo porque también pertenezco a vuestra estirpe, condición que es la mía.
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