
Hace un par de meses me pasó un par de libros mi amigo Heinrich de la editorial Bartleby editores.
Desde hace tiempo es un amigo que se pasa por las lecturas del Tren Vertical y yo se le agradezco mucho, a parte de su gran generosidad para con los libros que encuentra en el tesoro de la Cuesta de Moyano, y sobre todo en Ruidavets, el viejo del guardapolvo azul quien detesta sobremanera que no le traten de usted.
Los he leído casi de sopetón, metiéndome un buen chute en unas cuantas sesiones, de camino al trabajo, o en casa y en la cama, dejándome atrapar por la exuberancia de José Kozer y por la precisión clásica de Luis Cicuéndez. Dos descubrimientos de alta literatura.
Más, si cabe, Kozer por la capacidad de desplegar un lenguaje muy rico tanto en sonoridades como en capacidad para analizar y asimilar una realidad o realidades -por ejemplo, el poema sobre su padre con sus mano a la espalda que parece ajeno a todo pero que está ahí con la presencia que sólo el paso del tiempo y de la niñez sabe desvelar-. Se sabe escribir para desvelarse en aquel mundo que escribe y que llena y me llena con su palabra. Soy capaz de entrar en su "recinto" privado y creer que estoy llegando al mundo aquel que el describe con gran precisión.
En cambio, Cicuéndez sabe de lo clásico y de sus ecos. Desde Juan Boscán -hoy he oído su nombre mientras estaba trabajando, utilizarán un poema suyo para un libro de primaria- para el exquisito tratamiento de la melancolía -que cada vez pienso que no sirve para nada, sólo para hacer versos que traten de la melancolía, porque lo que viene después es mucho más grande de lo que hemos dejado atrás. Siempre es así y si no lo es pues estamos bien jodidos.
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