domingo, diciembre 05, 2010

Cómo arde una biblioteca

Contemplad cómo todos aquellos ojos observan el fuego.
Observan el fuego y comprenden
que los libros arden con facilidad porque están bien preñados
como piojos después del festín,
ocupando lineales y lineales,
enormes estanterías, abandonados, sin vida, inertes...
Contemplad lo absurdo, algunas páginas se alzan hacia una imposible escapatoria.
Sí, de vez en cuando viajaban
entre las manos de sus rescatadores,
de aquellos que aún confiaban en la revelación.
¡Observad bien el fuego y comprendedlo!
Por una parte destruye y devora convirtiéndolo todo en cenizas,
por otra revela, muestra, purifica
y acude a vuestros ojos con la luz que es calor si os acercarais.
Desearía entonces entrar, en el momento en el que la lengua más alta
impregna el cielo con su aullido
-el fuego es el ser más ebrio-
en el lugar exacto en donde no hay sepultura de cenizas para un cuerpo
porque todo ahí se consume al instante y se evapora.
Lo desearía tanto... ¿tanta importancia tiene?
He de comprenderlo. Tendría todo mi cuerpo
tanta importancia como aquella palabra labrada en aquel libro
como una vieja viña retorcida sobre un campo florido de amapola,
hermosa al sol del fuego que todo lo devora.
Tanta importancia, mi buen amigo,
como una frase más que pudiera haber sido leída.
como aquella línea que se perderá para siempre y que nadie conoce ni recuerda.
Para siempre.

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