viernes, diciembre 30, 2016

Artefacto

A nadie quiero yo imponerle la esperanza.
(No hablo de Cortázar).
No se me ocurre nada en cuanto a ella, por supuesto.
Dios me libre, acuse de recibo, vuelva usted mañana. ¿Han acabado ya las obras?
Y quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra, o el sentido de culpabilidad
como la gran castradora intelectual. "Será la suya, amigo". "Será la suya", me repite como un mantra diario el ruido que tengo en la cabeza por neurona elevado a n.
Hágaselo usted mismo (sin necesidad de inquisiciones).
Libérese de cuerpo y alma. Vuélvase ligero como los hijos del amor, amar, padre, por qué me trajiste acá.
Practique el zen, una manera más de alienarse. Apague la mente. Interferencias ajenas y propias retrasan el tren sináptico.
Con aires de suficiencia de aquellos que no celebran la Navidad, criticados por la radio pública, etcétera.
Manera de llevarse un trozo de pan: untarlo de mierda antes.
Salvo en el caso de que hayas dejado la urbe-cochambre y te dediques a regar tu huerto,
entonces otros vendrán a plantar una autovía más, expropiarán tus lechugas.
¿Nadie se acordará del sabotaje? Eso no conlleva nada bueno pero por un rato te lo pasas bien.
Luego se lo puedes penar a otros que como tú caminen por el patio-huerto de la institución.
(Será tal vez el único lugar en el que te dejen plantar-recolectar tus tomates, saludar confiadamente el sol que brilla para todos, para todos. Con o sin esperanza finalmente, es igual).