miércoles, octubre 19, 2005

Ayer me tomé una cañita con mi colega Fernando, el de la Aguja. Me devolvió el tabaco que me dejé un par de semanas atrás, olvido producido a causa de una ingesta de alcohol desmesurada... el cambio a los gintonics me sentó demasiado bien. Lo cierto es que al día siguiente tuve que limpiar parte de mí que se había vertido sobre el suelo, de hecho, gracias a la resaca tan bestial que padecía el charquito me habló: "Pero... ¿no ves que estás haciendo con tu vida, realmente es esto lo que quieres?" Al cabo de un rato, tras pegarme una ducha fría y no encontrar ni una puta aspirina en el cesto de los medicamentos, un chaval del Proyecto Hombre se me acercó por detrás y me conminó a dejar la vida repleta de falsedades de autotrampas y de insidia contra mí mismo. Le descubrí porque se había puesto las gafas de Mrs. T. Las gafas de Mrs. T. son inconfundibles y dan energía para aquel que se fija en ellas. Al punto me fue descendiendo esa asquerosa sensación de depresión orgánica que tenía y pude levantarme de la cama para darme una vueltecilla por el MNCARS, museo que visito siempre con resaca porque para olvidarse de los malos rollos lo mejor es ver los de los demás... por ejemplo, contemplar durante una hora el cuadro de F. Bacon, ese mariconazo insoportable pero generosísimo con todos, descendiente de uno de los más grandes filósofos europeos, etcétera, y así ir avanzando por las salas del más radiante e inmediato arte contemporáneo. En esas condiciones me es completamente insoportable el arte español de mediados del siglo XX, Zuloaga, Mallo, el tenebrismo, etcetéra, por ejemplo, y me voy al alucinado y rosáceo cuadro de Guston, gran ojo kukusklanesco, y a Tàpies que ronda con sus arpilleras y sus aceras de cuando era crío en Madrid, que parece que las levantó él para enmarcarlas, sin mierdas de perro espachurradas, que eso falta, señor Tàpies, y antes, recuerdo, las había por todas partes y te encontrabas jugando a las chapas junto a ellas o al hacer una pista ibas recogiendo bolitas, peditos de perro y piensas que Tàpies es quien se ha llevado las mierdas, las bostas, enormes chorongos de ternero-perro y con ellas ha empastado los marcos o ha ensamblado las junturas porque hay que hacerlo... esas mierdas de perro generosísimas, líquidas unas, o perfectamente construidas otras, porque nadie habla de las mierdas de perro y todos, de críos, las hemos conocido, mi generación, por supuesto, porque un par de generaciones anteriores se los comían para poder alimentarse, sobrevivir, pero antes limpiaban bien los intestinos, con una palo lo suficientemente largo que metían por él, y poco a poco lo iban introduciendo hasta que le quitaban toda o casi toda la inmundicia porque siempre, en las patatas guisadas, en el caldillo, al comerlas, notabas un poco de arenilla, restos de lo que podía comer un perro por aquellos años, y luego el intestino delgado del perro se metía en el fregadero para limpiarlo bien, bajo un buen chorro de agua, y se echaba a las patatas con pimentón que ya se encontraban barbotando... pero esto que yo pensaba seguro que Tàpies no lo incluyó en su cuadro, que meditaba tranquilamente mientras paseaba por la enorme sala auspiciada por una compañía, magnísima compañía telefónica, multinacional, caminando como cualquier degustador de arte contemporáneo... ni siquiera, tal vez, Tàpies, imagino, reconstruyó aquella imagen mía, de hace años, en verano, en la que los perros tenían una sed terrible y se tragaban los esputos, las flemas de los viejos que escupían por las calles porque en aquellos tiempos los viejos, las viejas, los jóvenes y las jóvenas -viva la ultracorrección- escupían en las aceras, ahora ya no se ve. Está claro que si has llegado hasta aquí es que tienes un buen estómago.

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