miércoles, marzo 31, 2010

Hace unos años, unos amigos polacos hicieron su propia procesión.
Vestidos para tan devoto evento amarraron un pequeño piano, no recuerdo si era Hammond, a modo de paso (acepción 22 de RAE), con una soga y se precipitaron por las calles hasta que coincidieron con una procesión de la multitud de estas que se prodigan a lo largo y ancho de nuestra piel de toro.
De la misma, al tiempo, salieron unos individuos que al ver tamaño sacrilegio quisieron currar a mis colegas.
La cosa no acabó en crucifixion, afortunadamente.

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