He llegado a una ciudad ciertamente estraña. De hecho, desde
el momento en el que he empezado a escribir me he dado cuenta de que debo
pensar las palabras porque comienzo a cometer faltas de ortografía que,
afortunadamente, subraya con una rayita roja y quebrada el corrector de word, lo
que me permite corregirlas casi al instante.
Decía que he llegado esta mañana a una ciudad muy extraña
donde las personas con las que he hablado se dirigen a mí en tercera persona
cuando hablan de sí mismas. Ha sido sorprendente al principio, pero luego te
acostumbras e incluso optas por hablar con ellos utilizando también la tercera
persona cuando me refiero a mí mismo porque si no te ponen caras raras y
parecen no entenderte. Esa es la única particularidad sorprendente que he encontrado
hasta ahora. Bueno… no, miento, también suelen hablar en gerundio, suelen
utilizar mucho el gerundio y palabras en inglés de forma indiscriminada. También
utilizan mucho las pasivas y guiñan el ojo cuando niegan, lo que me incomoda
porque es lo que se suele hacer cuando se quiere decir lo contrario; es decir,
recuerdo que mi abuela, cuando era un crío, me soltaba un billete de cien que
guardaba bajo el tapete o bajo el mandilón oscuro que se ataba siempre a la
cintura y que le hacía más poderosa y más graciosa, y hacía el mismo gesto. Un
guiño de su ojo izquierdo y un billete de cien pesetas donde aparecía un
huesudo calvo gafitas. Sí, esa era mi gran abuela-pato que repartía billetes a
sus nietos preferidos. Yo lo era, o eso he creído siempre; pero, bueno, ¿qué
relación tiene el guiño de mi abuela con el guiño para decir lo contrario? Nada
en absoluto, pero me apetecía contarlo. Más bien es un tic en este caso, en
esta ciudad, pero un tic arraigado con todos aquellos con los que he mantenido
una charleta, que no son pocos.
Por ejemplo, en un establecimiento en el que ponía con
letras bien grandes en el frontal de la entrada “Vaquería” (porque aquí han
conservado tanto los lugares como las profesiones tal y como estaban en los
años 50 del pasado siglo) me he enterado por una señora de domingo que las
casas “hablan”. Al instante me ha guiñado el ojo derecho. No sabía qué decirla
y he desviado la mirada y he visto cómo una señora de jueves me miraba con una
amplia sonrisa que me confirmaba punto por punto lo que me decía la señora de
domingo. “Además, hijo, no solo suelen hablar sino también cantan cantando” –me
ha aclarado la mujer de jueves con el guiño de su ojo izquierdo como colofón. “Pero –le he contestado– será la madera que
cruje, los ruidos de la nevera, los vecinos, voces a lo lejos en la calle, no sé…”.
Las señoras diarias se han mirado, hasta la dependienta, y se han reído como si
estuviera diciendo locuritas. Al bajar la vista he comprobado que junto a mi
pie había un billete de cinco euros bien dobladito. Me ha dado mucho apuro
cogerlo entre aquellas señoras. “El dinero cuando está en el suelo no es de
nadie”. Eso me decía de corrido mi abuela, pero me he agachado, he preguntado y
al instante una mano rapidísima lo ha agarrado llevándoselo. “¡Toma, toma! –me repetía
mi abuela mientras movía su puño donde lo guardaba arrebujado– que no te vea
nadie”. Me decía mientras me mostraba el billete. “Que no se entere el abuelo” –decía.
Pero lo más extraño es que al llegar a casa y sentarme en el
sofá, colocarme el portátil sobre las piernas y abrir mi correo he visto que
este texto ya estaba escrito, palabra por palabra y que me lo había enviado yo
mismo a mi cuenta de correo, por lo que solo he tenido que publicarlo en el
blog.
En esta ciudad ocurren cosas muy raras. Sí, así es, ya lo
has dicho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario