Pienso que en aquel
momento nos habíamos vuelto casi invisibles o que transmitíamos un
secreto que solo se había de escuchar en el silencio, ya que se
sentaron junto a nosotros –apenas
nos separaban escasos tres metros–
una pareja de jóvenes, tal vez veinteañeros. Hablaban tan
sosegados, tan entre murmullos, que no los sentí hasta bien entrada
la sombra que nos arrojó agua para el riego y atardecer.
Así permanecí
intranquilo –sí, me
intimidaba la situación, tu presencia, disfrutar por fin a solas de
tu compañía– hasta
que me percaté de tus lágrimas. Te secabas los ojos emocionada
mientras me contabas cómo acompañaste a aquel amigo una tarde en el
hospital, sin saber que eran sus últimos días de vida, y de qué
manera ofreciste también consuelo a su familia en el funeral con
aquel texto que escribiste en su memoria. Comprobé entonces que eras
una persona real.
Volvimos al ruido
por un camino ancho de arena y al sarao continuo de las hojas de los
árboles que parecían ordenar y sostener nuestros silencios.
Sí, así es, ¡fue
la primera vez en años que alcance la paz más profunda que casi no
la reconocí! El interior de mi cabeza y de mi pecho se habían
lavado y los había tendido ante el sol radiante y favorito del
sosiego.
Bebíamos y
hablábamos en una terraza; mientras, la gente desaparecía a nuestro
alrededor. El camarero nos había concedido cinco minutos. Todo
parecía adecuarse a un ritmo tan lento que el tiempo pasaba de
puntillas y, empujado por la brisa, no se detenía. Ahora se había
convertido en un sonido iluminado por la estación de buses; ahora,
en unos muchachos que manejaban una maleta; ahora, en unos camareros
que proclamaban su vuelta a casa; ahora, en tu perfil que me
acompañaba y que había apaciguado este tonto corazón como si se
abasteciera por completo del efecto de una caricia a un caballo tras
el trote de meses y meses en una carrera circular y sin sentido.
Parecía que nuestro
paseo se ensimismara pero, de nuevo, aquel viejo de nombre Tiempo,
impelido por la zozobra de las hojas de los árboles, pronunciaba
cada uno de nuestros pasos que no nuestras palabras… “¿por qué
no se detiene?”, me preguntaba yo.
Deseaba encontrarme
cada vez más cerca de ti. Pensaba que así no volvería más la
ansiedad, ese instante cabizbajo, minúsculo, que asoma guasón –de
rostro sudoroso, manos nerviosas, respiración entrecortada que crea
engranajes y mentiras, que apaga la sangre de lo bello y generoso…,
¡lo necesitaba tanto! Sí, tocar tu piel, aun un solo roce, nada
más… ¡oh!, ¡se iría, se ahuyentaría por una vez, si aun fuera
por un instante, la fatalidad de vivir!
No fue así. El
Viejo Tiempo nos acompañó distante, y muy incómodo. El Tiempo, ese
Viejo de ojos aparentemente afables, disimulaba y reconocía su
pedacito fósil en nuestros pensamientos.
Por ahora, no pienso en nada más que en hallar de nuevo el agua que me devuelva a ese río que fuiste tú, y del que me diste de beber, y me limpiaste.
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