martes, agosto 18, 2015

Éxodo de la ciudad opulenta

La ciudad está vacía.
Se han ido todos.
Han pedido el día en el trabajo y se han marchado en jueves.
Han vaciado las neveras,
los mueblebares con sus sifones,
han marchado con sus carromatos y con sus burros.
Las papeleras están vacías.
El sol ha salido cuando se le ha puesto en las narices.
Todo el mundo ha huido de la gran ciudad.
Queda algún que otro corredor, algún mendigo...
Incluso los malabaristas de semáforo
han abandonado sus lugares de actividad recreativa.
Ahora mismo se ignora dónde pueden encontrarse.


En mitad de una rotonda
queda un tipo de poblada barba,
gafas de concha y pantalones de pinzas
que dejan al aire sus tobillos desnudos,
y que grita: "¡Los coches extranjeros...!".

Los bárbaros,
aquellos desolados que no tienen vacaciones,
que no se las dan porque enlazan un contrato con otro o son autónomos,
o porque sencillamente no procede,
se encuentran extramuros.
Aguardan descansados de un viejo cansancio.
Sus hijos quieren desayunarse el mañana,

los hijos sacrificados desde la antiguedad en aras del progreso,
la competitividad,
el orden y la conservación de las colonias
querrán hacer tres comidas al día.

Se abandona la ciudad
en busca de un extraordinario consumo,
un consumo ÚNICO.


Los bárbaros esperan la larga marcha de los otros,
el particular éxodo,
la huida que como cada año no les iba a defraudar en un principio.
Este año será,
por fin,
el último.

(revisado el día 19 de agosto)

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