jueves, diciembre 08, 2005

Kafka escribía porque se obligaba a escribir: en sus Diarios hay material desechado a raudales. Fantasías, alucinaciones, extraños viajes que son sueños donde aparece una aldea, uno de los textos que fueron eliminados de El Castillo, una de las novelas más turbadoras que existen, ¿influida por la novela gótica del s. XIX? Para nada, es más, todo ello produce un extrañamiento, el desasosiego, el eterno enfrentarse con algo que no se comprende pero que se ha de aceptar porque, aunque sea ridículo, forma parte de lo real, del ahí. Otros escritores ya se encontraban en aquel camino, pero Kafka, estoy seguro de ello, no les conoció.
Kafka caminaba en sueños. Holderlin se perdió entre cimas y nevadas cumbres, al igual que Lenz, y llegó finalmente a la casa de Zimmer, allí terminó escribiendo sus Poemas de la locura y recibiendo a las personas que le iban a visitar con exageradas reverencias y pomposos nombramientos o maravillosos y exóticos títulos, Buchner escribió su Lenz, la maravillosa, contundente y precisa novelita sobre la esquizofrenia, el intenso padecer de un hombre que ha de abarcarlo todo, que refleja cómo la luz de su paseo le devora los pensamientos, le funde con el intenso paisaje, R. Walser, en cambio, no fue un personaje literario: anduvo durante kilómetros hasta que llegó por fin hasta la casa de reposo o psiquiátrico que le verá morir.

Apreciaciones “oscuras” del comportamiento humano. K. intentaba con un bisturí entrar en el alma humana pero era en él donde quería entrar, en sus pensamientos, en cómo estos se fraguaban. Como no podía acercarse al otro aunque bien sabía que ahí, en los cafés atestados de risas y de conversaciones, se encontraba la felicidad.

Raleigh Carsen me ha escrito esta mañana y me cuenta su visión de otro escritor de novela de ciencia ficción. “Svensson se escuda en su posición política para escribir novelas de fantasía futura”. A Raleigh no le gusta nada el término ciencia-ficción, le suena a científico loco pasado por un pasa puré pseudocientífico. “Estas novelas hablan de desastres ambientales, de guerras con productos radiactivos, violaciones territoriales por estados fuertes o por imperios, hombres especialistas en matar trastornados y un fuerte condimento a pérdida de toda dignidad y ética para llegar al objetivo marcado (...) además es un firme admirador de Kurtz, el soldado enloquecido en la frontera de Camboya que funda un ejército capaz de cualquier batalla para combatir a un enemigo tan poderoso como inteligente, dominador absoluto de su espacio y de su tiempo. Para ganar una guerra hay que subvertir todo aquello que se ha fundado dentro de un estado o estados que confían en unas normas básicas de combate. Svensson lo contempla con toda claridad. Al enemigo ni agua o en el amor y en la guerra no hay normas. Por ello se inventaron términos como “combatientes ilegales”, término que se extendió como la pólvora mojada porque no afectó a las cabecitas pensantes y legalistas de otros estados democráticos. El comandante Kurtz se encuentra como un referente claro para determinadas personas que no evitarán tenerlo en cuenta.

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