jueves, mayo 04, 2006

"Vosotros nunca habéis visto el aterrador espectáculo de contemplar sobre vuestras cabezas la caída fulminante de un meteorito" -nos dijo el ser que teníamos ante nosotros mientras, presa de la angustia o de la rememoración de aquel suceso que parecía que lo tuviera aún muy presente, expulsaba un humo negro trufado de chispazos blancos intensísimos por todo el cuerpo, proporcionándole un aura atrayente pero muy perturbadora. Sus dos metros de altura, sus ojos enormes, profundos y negros, sus movimientos pesados pero articulados en un movimiento que quisiera librarse de un peso en exceso superior a sus propias fuerzas y la ausencia de extremidades, pues para qué va a querer un ser así brazos o piernas si todo lo controla con suficiencia con la mente, le transformaban en una mole, en un tótem con pensamiento.
"Primero fueron aquellos días en los que se tanteaba el alcance de su peligrosidad, de su potencial destrucción, para luego, más tarde, dejando a un lado las suposiciones, el juego o el extraordinario atractivo del poder que infunde un objeto llegado del universo, los científicos se pusieran manos a la obra para intentar dilucidar un método conveniente para destruirlo o desviarlo de su trayectoria. Dentro de sus filas, del equipo científico, como siempre, existía un ser despreciable, mezquino pero con dotes de mesianismo asesino y verdad absoluta. Fue capaz de convencer a todos para que se efectuara un determinado lanzamiento lo que produciría que el proyectil destructor no acabara con la amenaza, sino que esta destruyera lugares desafectos a la política económica e ideológica del régimen. Nadie se percató de ello. Su soberbia intelectual, y por ende, su exagerada codicia acabó exactamente con lo contrario. Millones de persona exterminadas por un error, un minúsculo, sencillo error. El miedo mató durante días, semanas incluso antes de que cayera el meteorito, a mucha más gente que cualquier guerra mantenida hasta entonces".

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