sábado, junio 10, 2006



En mitad de ninguna parte, en el lugar en el que se sabe a ciencia cierta que te has perdido, en la parte del mundo a la que nadie, ni por casualidad coloca el dedo y mucho menos exclama “ahí quiero llegar”, al espacio que solo se conoce por la mano del sueño, existe el árbol más extraño de toda la tierra.
Digamos que se encuentra sobre una extensión de terreno más o menos llano delimitado por un pequeño río, si no arroyo; al norte un breve alineamiento de montículos que se disponen cercanos, a escasos cincuenta metros de distancia, y al este y al oeste, se encuentra libre de obstáculos naturales.
El árbol no es extraño por su constitución natural: porque albergue un frondosa y bella copa, o sea el fruto que proporciona lo maravilloso o la flor que se encuentra entre sus hojas, o la disposición de sus ramas o de sus raíces que sobresalgan de cualquier manera que motive a la atención. No, todo lo contrario. O por el color de su tronco o de sus hojas, o por la manera en la que tienen de batirse con el viento, o si tienen estas propiedades medicinales. Nada, nada... no. ¿Su particular crecimiento, su enervante necesidad de llegar a un cielo que por lo general se encuentra plúmbeo, cargado siempre de nubes amenazadoras, cargadas de electricidad y agua pronta a descargar? Sí, sin duda. Hay que verlo para creerlo, y aunque suene a tópico, es necesario comprobar que si este es el árbol más extraño de la tierra no lo es, digamos, por sus características genéticas, por su familia, sino porque siendo de una especie habitual, sus dos únicas ramas se han volcado en el cielo como dos chorros que caen entrelazados hacia arriba, y disculpen la contradicción, dos troncos secos casi pelados, oscuros y escamados en parte, que suben y suben.
Con cierto temor los observo pues alcanzan la altura del vértigo y, por otra parte, ¡sería tan fácil escalar por la continua disposición para la subida!

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