jueves, junio 29, 2006


Muy lentamente todo fue inundándose. Primero fue con un agua sucia que arrastraba maleza y tierra, luego con el agua que iba deshelándose de los glaciares que se iban formando a una velocidad imposible en el horizonte. La predicción había fallado. Se presumía una subida de las aguas de un metro, dos a lo sumo.

Nos trasladamos del bajo bosque. Emprendimos la marcha cuando recogimos el campamento: tiendas de campaña, botas de montaña, todo tipo de artilugios... todo aquello desaparecería. Al cabo de unas horas encontramos más arriba una carretera asfaltada y una casa de cuatro plantas. Un edificio blanco, con grandes ventanas, muy parecido a los que hay a lo largo de las carreteras en Galicia. Un reguero de casas unidas tan solo por una lengua de asfalto y alquitrán en medio del vergel. Allí nos quedamos. Metimos todo lo que llevábamos y ocupé junto con otras personas, una de las habitaciones que daba a lo que pronto iba a desaparecer bajo las aguas. Todo fue muy extraño. Al intentar recuperar mis lentillas del bote en donde las guardaba comprobé que una de ellas estaba rota. La otra, en cambio, se había calcificado, como si se hubiera convertido en un mejillón. De ella pude desprender varias láminas. Estaba en esta tarea cuando alguien dijo que el tipo de la predicción se había equivocado totalmente. Vi cómo, a través de la ventana, se acercaban unas olas oscurísimas, que llevaban en su panza todo tipo de ramas y que lo inundaban todo, es decir, el camino por el que habíamos llegado. Vinieron más olas y estas se fueron transformando. Cada vez se volvían más azules, y más imponentes. Subía el nivel. No podíamos salir de allí, escapar. En el horizonte, cuando ya el agua llegaba hasta el segundo piso, vimos como se formaba un glaciar gigantesco que al instante se deshelaba. No sé el porqué, pero era el único que llegaba a ver esto... tal vez al tener tanto empeño en poder ver con mis lentillas, me había colocado finalmente aquella lentilla con forma de mejillón.

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