miércoles, agosto 30, 2006


El turista no habla, escucha.
El turista observa, le cuentan, lo reciben y le muestran un laberinto nuevo, una nueva concepción del espacio, y tal vez descubre la nueva percepción de una luz o el olor de sus calles que se llega a diferenciar al de otros lugares. Aparte, no hay duda, de lo material que se representa como particularidades exclusivas también, como una catedral, un juego de té o un determinado puente que cruza un río donde se produjo una determinada situación y ya hay una historia...
Pero la ciudad que es objeto de turismo, de observación, donde se comprueba lo que es distinto o lo que puede parecer distinto, se convierte en producto e inmediatamente se refuerza su interés en mostrárselo al otro como una particularidad, lo especial, y por tanto, en estos tiempos que esprintan -como dijo Toni Tonelada- se comercia con ello, se vuelve consumo. Y para ello se vuelca uno en aquello, se cuida o se intenta cuidar de la mejor manera posible y como todo ecosistema -en este caso urbano, y al denominarlo así ya me caerán hostias por la contradicción entre naturaleza y ciudad- se "interviene" -humanamente- para conservar unos espacios en detrimento de otros. Cuántas veces se rechaza aquello que por mala imagen, por vulgaridad, por mala fama, por falta de educación entromete la higiene mental del turista al que considermos una persona intachable.
Este es el caso de Cuenca, por ejemplo. Se limpia la plaza mayor de Cuenca de garitos, de fiesta, de vida y se rehabilita con lugares acorde a la maravillosa estampa de una ciudad: limpios, decentes, donde se ha de levantar el dedo meñique para beberse una tacita de té o café. Del litro en las escaleras de la catedral se ha pasado a los clásicos adecentados y modernos, al impoluto lugar de piedra, al sevicio exquisito y no a un señor que te pone Thin Lizzy y te sirve un mini de combinado, o a un bohemio que te pone un plato de jamón mientras al otro lado se encuentra un vejete conversando con la amable juventud, intentando ligar con una chavala a la que coge del brazo y mira con ojos de veinteañero que aún quiere ser resultón y torero, y además se encarga de decir que su amigo le está esperando al otro lado de la barra y ya le está haciendo esperar. Se limpia la zona centro, la que recibía de farra a la gente joven, ya no hay lugares donde puedas comprar bebida para la calle -aunque esto siempre se ha hecho y pienso que nunca se ha molestado en masa a los vecinos-. Hay más dinero y los grandes vienen donde huelen turismo y beneficios. Esto le pasa también a Lavapiés cuando Cuenca y Lavapiés han sido lugares de expresión y de reunión, y no hay mejor lugar para estas cosas que la calle... ya lo sabían nuestras aguelas cuando sacaban la silla de enea a la calle y en mitad de la noche se fraguaba una revolución bajo el mandil de viuda.
Se puede decir que todo aquello por lo que ha surgido este "negocio" es por culpa de aquellos que han sido generosos y se han volcado en que un lugar sea ebullición de ideas. A esto lo llaman el Progreso, Sancho.

(El cuadro que aparece es de Joan Cursach, artista afincado en la ciudad de Cuenca desde hace ya unos añitos).

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