lunes, agosto 28, 2006


Orfeo en los poblados.
Estoy hasta las mismísimas narices de que el helicóptero pase siempre sobre mi cabeza con un ruido atronador. Si no es por el día, es por la noche. Además, como ahora, acompañado de un coche de policía. También del móvil de mi vecina que es una enloquecida melodía de Mozart que suena como el culo porque está tratada "polifónicamente" -es decir, cualquier alimento enlatado o envasado, con ese sabor a ceniza o a agrio-. El helicóptero se ha detenido por mi zona. ¿Están buscando a alguien? Junto a mi calle, metros más arriba, está la "cunda", taxi a los poblados para conseguir la dosis o las dosis. Al llegar te encuentras en una caseta cochambrosa una cola enorme de peña de todo tipo y condición. Cuando consigues entrar hay una mujerona gitana que, sentada en una silla y ante una balanza que pesa con precisión, reparte a diestro y siniestro el polvo que necesites para vendérselo a otro o para matarte un poco más. Desde hace unos meses quiero escribir algo con el mítico Orfeo bajándose al poblado a rescatar a su Eurídice de una tienda de campaña donde la tienen medio-secuestrada tres tipejos que hacen de ella lo que quieren, porque al fin y al cabo es el Hades -aquí los cristianos que somos muy chulos y no nos da miedo nada lo llamamos Inferos o infierno- pero ella en el último momento, cuando él la ha convencido y la ha sacado de la tienda de campaña mientras los tipos no están, se vuelve hacia la caseta para que de la fila le pasen un gramo, aunque sea. Los tres tipos la atrapan -bueno, ella se deja atrapar porque está completamente ida-. Orfeo se vuelve otra vez contemplando a sombras humanas caminar por una carretera estrecha como si hubieran sido abrasados por un fuego inextinguible, que es el fuego de nuestro infierno. Orfeo se vuelve medio loco -el amor, ya se sabe-, regresa a la "civilización" donde se hace músico callejero pero una mala noche se despista y se encuentra con una gente que le dan una paliza de muerte.
Su cabeza, la cabeza de Orfeo, la encuentra un borracho en el río Manzanares, en mitad de las obras de la M-30, en mitad de un ruido de grúas, sirenas, cascotes, automóviles, gentes-trabajando, silbatos, protestas, blasfemias y órdenes. Cuando llega la policía el borracho le cuenta a la policía que la cabeza estaba cantando y uno de los maderos le comenta socarrón que no parece Bisbal.

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