sábado, agosto 05, 2006


Una noche en la vida de cualquiera como yo.

Salió de la oficina con ganas de emborracharse. Una extraña sensación, un leve picor justo en el paladar le guiaría hacia los bares. La percepción engañosa pero agradable de absoluta libertad, de sentirse transportado por la capacidad de ir de aquí para allá sin motivo, con solo paradas para beber una cerveza. Una parada tras otra, tranquilamente. Esta tarde examinaría minuciosamente las tapas que le iban sirviendo junto con la caña. En los dos primeros le pusieron aceitunas y pepinillos, a pesar de lo profuso y variopinto de las mismas bajo la mampara de cristal, y en el tercero no le pusieron nada y le cobraron lo mismo que los dos anteriores: uno veinte héroes. También se fijó, durante su estancia en el segundo, en un tipo con el pelo largo y estropajoso que vestido con una camiseta de colores y un bañador viejo escribía, o más bien, punteaba, sobre un diminuto papel en blanco. Un viejo se acercó a él y estornudó a un par de metros. El tipo cogió su vaso de agua y lo alejó lo más posible del viejo. El tipo no levantó en nigún momento la cabeza del papel y la gran melena le ocultaba completamente la cabeza, por lo que cualquier retorcida imaginación hubiera supuesto que pudiera tratarse del mismo Lucifer o de la madre de uno presa de un ataque de incógnito.
Más adelante, encontró un bareto que parecía extraído de los años treinta: alicatado hasta el techo, máquina de sifón que podría llegar a funcionar, pintura desvaída, televisión de blanco y negro donde se podía adivinar el perdurable eco del “Franco ha muerto” y una mujerona, al otro lado de la barra, que alzada por palés parecía asomarse al mundo como una diosa con muy mala hostia, Hera, la mujer de Zeus, por ejemplo... pero pasó de largo, lo había probado la semana anterior y no le habían dado ni las gracias, que ni se merecen.
Había descubierto un mes antes gracias a un amigo –y estos descubrimientos no se dicen ni a los amigos– que en el Mesón del Jamón la caña andaba por los 60 céntimos por lo que antes de introducirse, como un niño en el útero materno de su barrio y su borrachera, se tomaría un par de gasificadas cervezas. Le pusieron la típica tapa de las puntas de los embutidos: buena grasa animal para equilibrar, aunque mínimamente, la debacle –perdón por el galicismo–. Ya en el barrio entró en un bosque de pollas. Allí se encontró con su amigo G con el que departió alegremente sobre lugares, poetas, recuerdos de niñez y estancias de Portugal. Se tomó un par de vasitos de cerveza con patatas fritas y salió la calle a recibir la alegría de su barrio porque se encontraba en fiestas por lo que, se quiera o no, hay que aprovecharlo. Avanzando por una calle transversal escuchó el tronío de una música por lo que decidió como rata que sigue al escuálido en leotardos, aventurarse. Pensó que “menudo fiestón se están currando los vecinos” –un buen alejandrino, sí señor– pero al doblar la esquina comprobó que era el bar al que solía acostumbrar sus morros a la jarra el que sonaba con tanto tronío. Los bafles los había colocado el tabernero entre la pequeña marquesina o dintel que da entrada al local y el balcón del vecino del primero. Un artista de las fiestas populares en estos tiempos que esprintan, si señor. En cualquier momento si se está en mitad de la puta calle te puedes encontrar con cualquiera, y hablar de cualquier cosa. Y en eso discurrió la noche. Acabó citando a Baudelaire para acabar de una puta vez con aquel comentario de “yo les permitiría que se dopasen” refiriéndose al “triunfo” del último tour de Francia de Landis. Pero estaba tan borracho que tartamudeaba.
Antes de marcharse a su casa, entre la marabunta de gente sentada en la calle, le preguntó a un chaval que hacía de portero si podía pasar al garito de 25 años y un día. Este le dijo que no, que estaban cerrando, y así fue.


(La escultura es de Ron Mueck. La fotografía no sé quién la ha realizado).

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