
Todas las mañanas veía pasar junto a mí a la misma mujer.
Una mañana tras otra, a las ocho de la mañana, una y otra vez.
Con su vestido largo y su bolso marrón sobre el hombro.
Todas las mañanas dirigiéndose al mismo lugar,
a la silla junto a la caja registradora,
entre el estante de las bolsitas de té, los paquetes de chicles y accesorios para la casa.
Una y otra vez todas las mañanas.
En ocasiones, al cruzarnos, nos mirábamos, reconociéndonos,
intentando asegurarnos el camino.
Ella podría llegar a los 50 y yo apenas alcanzaba los 12.
(Mujer, de Joan Miró)
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