Si tuviera dinero. Si tuviera pasta llamaría por teléfono ahora a una empresa de limusinas. Quiero champán, cerezas y una mujer con este perfil. Además quiero escuchar durante toda la noche a Nick Drake. Quiero que ella me acompañe. Una mujer con esta descripción, gracias.
Ella en un lado de la limusina. Yo en el otro. Y fumar, fumar tranquilamente mientras miro por la ventanilla. Mientras bebo champán y cerveza. Mientras la miro y ella me sonríe y contemplo a través del cristal no solo la ciudad de la gran ciudad sino todo lo que la rodea. Es un paseo largo, de horas, ocho, nueve, diez horas. Por el centro de la ciudad, al norte, sus polígonos, al sur, sus polígonos. En silencio. Durante todo este tiempo.
Ella, a la que no conozco, lo entiende todo. Y yo fumo, y bebemos, y recorremos toda la ciudad, Y suena un chelo y nos reímos mientras recorremos un trozo de Lavapiés, o de San Sebastián de los Reyes.
Me fijo en sus zapatos. En cómo se ajustan sus zapatos. En cómo sus ojos intentan interrogarme sin preguntarme. Es especialmente delicada. Es perfecta. Permanecemos los dos en silencio.
La persona que conduce no pregunta nada. Sabe que es un recorrido por un extraño. Sabe perfectamente lo que tiene que hacer. Y sirvo champán y me encuentro a gusto sirviéndola mientras otra vez la ciudad queda a lo lejos.
Ahora sus manos me atrapan. Son delicadas. Me encuentro con sus manos finas, sus manos.
Quiero que sea una mujer ruda. "¿Perdón?", me dicen por teléfono, y yo sonrío.
Una mujer ruda para ellos, una mujer que se ha dedicado al trabajo basto y sin gloria, pero que en su corazón...
Nos despedimos no sé en qué lugar. El cielo me late por dentro cuando amanece. Estoy muy borracho. Nos hemos cruzado unas pocas palabras, y ella se va con un bolso diminuto y sus brillos con la luz virgen me molestan. Cuando ha avanzado unos metros se sube la falda y se baja las bragas enseñándome el culo. Un culo precioso con el color favorito de esta mañana.
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