martes, octubre 18, 2005

HOMBRE CON SOMBRERO Y HOMBRE SIN SOMBRERO.
Un hombre con sombrero. Un hombre sin sombrero. Un hombre que extrae la fibra del puntual instante en el que el horizonte se deshace en estrellas o en un sol que se ha ido manteniendo firme hasta que desaparece en un crisol de destellos que es un mar, o es la tarde sobre una extensión de trigo que se abate con la brisa, que se dobla hasta tocar con la espiga el suelo terroso, húmedo de las primeras lluvias de la primavera. El aire: puntas doradas que tocan la piel como alfileres precisos. Entre sus manos toma el hombre las alas del sombrero para que no le dibuje caprichosas formas antes de caérsele, porque odia perseguir al objeto que le toca la cabeza, que le guarda de aquello que desea que no le toque. El hombre sin sombrero sonríe. La tímida luz surge de entre las nubes que amenazan una lluvia aún más persistente, tonalidades de grises que son clareadas por la alfombra de luz que llega hasta el fin del camino que los dos hombres, con y sin sombrero, recorren.
En un pequeño charco se percibe el rizo del aire. Líneas negras que se destacan sobre el gris que perfila al charco. A veces se refleja una nube que clarea todo aquel cuadro sobre la tierra. Sólo hay que asomarse, observar la multitud de imágenes que se muestran en el camino. Cualquier cosa les puede hablar: que el aire es música que no acaba, que todo se ofrece a ellos sin necesidad de realizar un esfuerzo, limpiamente... y todo es diverso: al fondo aparece una casa blanca, las tonalidades de la tierra varían, allá hay un surco, los colores de las hierbas cambian, la incidencia de la luz es distinta, el trigo joven mecido como una mano que acariciase el pelo suave de un crío...
El hombre con sombrero y el hombre sin sombrero hace tiempo que estuvieron allí, hace mucho tiempo que el olvido no existe, que ha dejado de palpitar. Se cerró como un corazón y los huesos fueron depositados en el osario y estos se consumieron. El olvido ni siquiera. El hombre con sombrero no quiere volver al lugar aquel, echa de menos a la naturaleza que tal vez no encuentre. El hombre sin sombrero, que desde hace años no ha visto al hombre con sombrero ya que vive en un lugar extraño, también siente los mismos deseos de vuelta pero no con la melancolía que manifiesta sólo en ocasiones el hombre con sombrero. Este guarda en su mente, profundamente arraigado, uno de aquellos brotes de felicidad o de extrañamiento o de sorpresa que le produjo aquel paseo. Y cuando por su cabeza se pasean las sensaciones que nunca llegó a imaginar que le ocuparan un lugar tan importante, se calla, se dirige hacia un armario de caoba, lo abre y alarga la mano para tomar su sombrero que se coloca en la cabeza, se tumba en el sillón y echa de menos la complicidad tan delicada que mantuvo con el hombre sin sombrero. Cruza las manos sobre su estómago, cierra los ojos y se ve a sí mismo caminando. Al principio aparecen sus zapatos, negros, impolutos, luego alguna que otra piedrecilla, el color pardo de la tierra, los surcos poco profundos del agua, la linde ocupada por aquellas florecillas amarillas de las que nunca supo el nombre. Al alzar la vista descubre las nubes hendidas por los fulgores pasajeros del sol, la extensión ocupada por los chopos a la izquierda que se cimbrean y esplenden sus hojas al contacto con el mismo sol. Junto a él, el hombre sin sombrero camina con las manos metidas en los bolsillos. Le pega patadas a cualquier piedra, a los sílex oscurísimos que encuentra a su paso, lleva pantalones cortos y las rodillas con el verdín de los trigos. El hombre con sombrero de vez en cuando le tironea para que no se retrase y siga caminando... su madre les echará una bronca cuando lleguen... sabe que a su padre no le gusta que le cojan su sombrero preferido.

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