jueves, julio 13, 2006

En la entrada de aquella casa hay una fila de chinos que aguardan pacientemente a comer. El estrecho pasillo está completo, se reparten a ambos lados y es casi imposible avanzar pero consigo abrirme paso entre ellos. Sillas bajas para abatidos orientales, con la mirada en el suelo, que aguardan con largos palillos de madera como agujas de punto entre las manos. Al final llego a los perolos donde cocinan. En una caja enorme de plástico blanco se amontonan los pollos, enormes pollos que extienden sus cuerpos abiertos y desplumados antes de ser arrojados al agua hirviendo. Luego me encuentro con los que despedazan, una vez hervidos, la carne suave que apenas al rozarla se separa del hueso. Es rápido, se hace al instante, nada, un inapreciable movimiento entre los dedos y extraes la carne amarillenta de la carcasa. La sirven, y uno tras otro se van de allí con un poco de arroz hervido también en el plato. Es una casa, un lugar aparentemente improvisado para comer pero yo también estoy ahí y tengo hambre. No se extrañan de que un occidental se encuentre con ellos. No se hacen preguntas ni me inquieren con la expresión de sus rostros. Sólo quieren alimentarse y echarse un rato antes de volver a trabajar. Al final de aquel pasillo hay un patio con una hermosa higuera en el centro. Cruzo las piernas y comienzo a comer. Me coloco los palillos entre los dedos. Con dificultad comienzo a comer. Una niña con una enorme sonrisa y con los ojos llenos de aquella luz, me observa. No debe tener más de doce años y allí está, trabajando con los mayores. La madre sorprende a la niña sacando la mirada del plato y, con la punta de sus palillos con los que toca el plato de su cría, le indica que vuelva de nuevo a comer. Ella, avergonzada, pues cierra por un momento sus ojos y su sonrisa, vuelve a atacar el pedazo que aún le queda. Al terminar devuelvo el plato que parece ser de escayola, un material basto que no consigo reconocer. Al salir al espacio abierto, la luz intensa me deslumbra y la desagradable sensación de no encontrarme en mi tierra me invade. No soy un viajero, nunca lo he sido. No me siento seguro aquí ni en ninguna parte, en ocasiones ni en mi propia ciudad. Soy un extraño que se comporta, o intenta comportarse con normalidad allá donde vaya, pero es casi imposible apaciguar esta molesta sensación de extranjerización. Sí, molesta porque me incomoda, porque la siento absurda y me importuna. Tal vez llegue algún día a mi verdadero espacio o tal vez mi espacio sea este cuerpo que habito.
Estas gentes se quedan observándome con agrado. Me ven pasar y les transmito cierta inseguridad que ellos comprenden al instante. Todos somos parte de algo y me empeño en comprenderlo.

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