Li Xiu aguarda la llegada de Wilson. Su mirada atraviesa el cristal de la tienda y atiende solo a un único punto. Li Xiu acuesta su cabeza sobre los dos brazos y mira casi sin pestañear ("Cae la tarde/ Ella aún no aparece") hacia aquel punto, exactamente fija sus dos ojos en el perfil de la esquina por donde cree que va a aparecer Wilson. Su padre, en la puerta, sentado sobre un butacón alto, con los brazos cruzados sobre una de las rodillas, también espera. Sabe que su hija pequeña está pendiente de aquel chico y cree que alguna vez ha salido con él, y que se han visto, a pesar de su tajante prohibición de relacionarse con un extraño. ("Generoso vino y ricos manjares./ Todo intacto en la mesa: nada quiero probar."). Xiu vuelve en sí cuando su hermana, al otro lado del mostrador, le indica que le alcance algo. Ella se levanta de un respingo, toma una barra de pan, la introduce en una bolsa y cobra al extraño en tan solo un segundo, y vuelve a dejar su cabeza caer sobre sus brazos, fijando de nuevo sus ojos en aquel punto de la calle al otro lado del cristal de la tienda. ("Oh, pajarito vuela/ llévale mi mensaje /para que enseguida vuelva").
Wilson no sabe que le esperan. Wilson acompañó a casa a Xiu una tarde de tormenta. Él la cubrio con su chaqueta de béisbol y la miró a los ojos. Compañera de clase hacen el mismo recorrido todas las tardes, al término de las clases. ("Me inclino para coger flores de orquídea/ y alzo la mano para cortar una rama de casia./ Pero, ¿para qué, si ella no viene?/ ¿Dónde estará? ¿Al otro lado del océano?"). Sus padres le prometieron que conocería el lugar de donde proviene, que harían el viaje juntos, que vería a sus abuelos y que pasarían unas buenas vacaciones, lejos del colegio y del trabajo, que tendrían todo el tiempo para ellos... ("Oh, Dios del Mar, salúdale de mi parte/ y llévale estas perlas como presente.").
La tarde va cayendo. Se hace de noche y Xiu sigue mirando a través del cristal a que aparezca él con su chaqueta de béisbol, aquella que la cubrió para poder mirarla a los ojos con absoluto secreto.
("El sol enrojece el horizonte. /Desesperado, fijo la mirada/ en la senda, en lontananza./ Oh, mi amor, venid deprisa,/ que el día se nos acaba").
Entre paréntesis aparece el poema de Tsao Pi (187-226 d.C.), Según la melodía Qiuhu.
Poesía clásica china, Madrid, Cátedra, 2002.
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