jueves, agosto 17, 2006

La playa de Tarifa es inmensa y el sol se resbala, se tumba, y llega hasta ti, tú que eres un simple mortal que guarda en su cabeza -intenta atesorar, fijar, imprimir, rayar, marcar sobre un soporte- el flotar sobre toda esa sábana gigante y azul, que con la fe de un niño se levantaría.
Guárdame, mente, esta sensación de plenitud para poder recordarla cuando en el trabajo me recorra con su piel sarmetosa y azulada purulenta el Ataque de Pánico o la anchísima Angustia que no deja respirar, que se mete dentro muy dentro y da miedo...
El agua, oigo, el silencio en el interior del agua y buceo hacia la salida que es el otro lado del anchísimo tubo que ven mis ojos pobres.
Trago agua. El agua está viva. Me mira y yo me miro los pies que llegan al suelo.
Atrás, la calle se ha llenado de gente que huye rápida hacia adelante. Mañana tal vez estén muertos. Los automóviles, raudos, esquivan las manos de la lluvia. Alguien lleva un bolso, un pañuelo, un ipod como un calambre conectado a la cabeza, todo es frío y metálico.
Las nubes oscurísimas y negras apenas dejan ver el mar. No hay luces aquí. No hay farolas y las que hay, están apagagas. Podríamos follar detras de aquel arbusto y oiríamos el mar meterse como arena en nuestros oídos, el susurro de sus brazos enrrollándose en mi cuerpo, el mar, el viento detrás de la puerta que al abrirla me encuentro de nuevo fumando a mis compañeros de trabajo, salida de emergencia, y al comentar la última jugada de no sé qué cliente vuelvo y te encuentro sobre la arena en la noche más oscura con el mar sobre nosotros, con el cielo vibrante de nubarrones a nuestros pies y decido que es demasiado, me voy... me voy contigo.

No hay comentarios: