jueves, abril 09, 2026

diminutos fuegos

La casa ardía por pequeños recovecos. Alguna jadinera, la caja de papeles viejos, una cesta que llevaba años en el mismo sitio y que guardaba cargadores de diferentes modelos de móvil, el cubo para regar las plantas del jardín, el poyo de la ventana que limpio de hojarascas también le dio por prenderse, el rincón de los abrigos viejos, una caja de zapatos en lo alto del armario...; incluso el altillo cerrado despedía un hilo negro... al abrir sus puertas de madera de contrachapado pude adivinar al fondo una diminuta llama de color rojizo y azulado que emergía delicada y limpia de una de las esquinas del fondo.

Mi casa ardía plácidamente. Toda ella ardía suavemente, como si el propio fuego ignorase su verdadera naturaleza. Eran fuegos diminutos todos los fuegos. Fuegos que podían ignorarse, que podían haberse mantenido durante horas; y, si me apuras, ahí estaban calmos, livianos, sordos, casi delicados y bonitos. Mi casa estaba ardiendo. Supuse entonces que todo ello era así, que su aspecto amable por poco agresivo, se mantendría hasta que se extinguieran tal y como habían prendido. Una pesadísima y demoledora sensación de tristeza me invadió pues me percaté de que no tenía agua suficiente para apagarlos. Quise dibujar, imaginar en mi cabeza un océano suficiente para ahogarlos pero en ese momento, y los siguientes, o eso creo, estaba atendiendo a su solo brillo, a su sola belleza. Me di cuenta que esos diminutos fuegos me acompañarían durante algún tiempo más, quién sabe hasta cuándo.



            

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